[Escrito el 26 de agosto de 2026]
Los datos que rodean la próxima comparecencia de Kevin Warsh en Jackson Hole, Kansas City, dibujan un entorno preocupante. Una deuda pública estadounidense que acaba de tocar los 40 billones de dólares, rendimientos de los bonos de largo plazo en máximos desde 2007 y una inflación que lleva más de cinco años sobre la meta del 2% no son el telón de fondo ideal para que un banco central reduzca la información que ofrece a los mercados.
La encuesta de la Universidad de Chicago preparada para el Financial Times expone la contradicción central de la estrategia de Warsh. Casi el 60% de los economistas consultados cree que la Fed tardará más en alcanzar su objetivo de inflación que cuando él asumió el cargo, y más del 60% atribuye a la falta de claridad de Warsh y del secretario del Tesoro, Scott Bessent, parte del alza en los rendimientos de largo plazo. Dicho de otro modo, la opacidad, lejos de calmar a los inversionistas, eleva la prima de riesgo que se buscaba reducir.
El argumento de Warsh —que un banco central menos locuaz obliga a los mercados a mirar los datos y no las palabras de los funcionarios— tiene algunos defensores sólidos, como Deborah Lucas, profesora de finanzas del MIT. Ella ve la postura de Warsh como una corrección necesaria tras años de excesiva injerencia de la Fed en el mercado de capitales.
Es preciso destacar que el presidente de la Fed anotó un tanto a su favor, pues casi nadie lo acusa de ceder a las presiones de Trump para bajar la tasa de interés. Warsh aseguró su independencia, pero ahora debe comunicar con hechos que está comprometido a reducir la inflación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario