[Frente al Statu Quo. Publicado en Diario Libre el 9 de febrero de 2025.]
Una de las decisiones de mayor trascendencia que toma el primer mandatario de un país es la designación del gobernador del banco central. Dicho cargo es clave para la adopción de una política monetaria consistente y creíble, sustentada en una lógica estable, coherente y predecible. Ese marco resulta esencial para la estabilidad macroeconómica, ya que permite anclar las expectativas de inflación y favorecer el crecimiento sostenido de la actividad productiva. Por ello, tras darse a conocer el nombramiento, todos los agentes económicos analizan las publicaciones y declaraciones del nuevo gobernador, con el fin de prever las decisiones que tomará a lo largo del ciclo económico y ante las eventuales perturbaciones internas o externas que afecten a la nación.
El 30 de enero, el presidente Donald Trump anunció el nombre del sucesor de Jerome Powell al frente de la Reserva Federal (Fed). El elegido es Kevin Warsh, abogado especializado en finanzas, materia que imparte en la Universidad de Stanford. Hasta inicios de 2025, Warsh, que había sido gobernador del banco central estadounidense entre 2006 y 2011, era considerado por el mercado un halcón monetario, con una clara preferencia por el control de la inflación.
Antes de su nominación, Warsh había expuesto en diversos espacios públicos la necesidad de reformar la Reserva Federal para hacerla más efectiva en su capacidad de diagnóstico económico y, al mismo tiempo, más independiente frente a las presiones políticas y del mercado. De sus intervenciones se desprende un cuestionamiento de la expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés), ejecutada durante y después de la crisis financiera de 2008, a la que responsabiliza de distorsionar la asignación del capital, inflar los precios de los activos y elevar los riesgos sistémicos. De la misma manera, criticó que los gobiernos pretendan influir en el banco central con el propósito de aplicar una política de bajas tasas de interés orientada a financiar la deuda pública y estimular el crecimiento. Esa posición le llevó a renunciar a su cargo de gobernador en 2011, cuando Ben Bernanke, premio Nobel de Economía en 2022, ocupaba la presidencia del banco central y fue el principal defensor de la política de estímulo monetario.
En un discurso pronunciado el 25 de abril del pasado año en el Fondo Monetario Internacional (FMI), Kevin Warsh destacó la importancia de separar la política monetaria de los requerimientos financieros del Estado. La compra de bonos públicos mediante la emisión monetaria (que implica una política de dinero fácil) constituye, en sus palabras, el “camino a la ruina.” Por eso aboga por una reforma de la Fed enfocada a recuperar su autonomía frente a la política fiscal y recomienda que el “banco central vuelva a operar con comodidad, sin buscar aplausos ni mantener al público en vilo.”
El mercado y, en particular, los consumidores, desean que el próximo presidente de la Reserva Federal adopte las medidas monetarias adecuadas para que la tasa de inflación, que se colocó en diciembre en un 2.7% anual, se reduzca hasta alcanzar la meta del 2% lo antes posible y pueda mantenerse un entorno económico favorable al crecimiento sostenido de la inversión, el empleo, la producción y el consumo. Según Warsh, “el secreto de la independencia del banco central es lograr alcanzar su objetivo,” que en el caso de Estados Unidos se traduce en estabilidad de precios y pleno empleo.
Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, ha expresado dudas sobre la solidez intelectual de Warsh, a quien describe como un economista más influido por consideraciones políticas que por la evidencia empírica. Desde el punto de vista de Krugman, Warsh es un halcón monetario cuando gobiernan los demócratas, mientras que adopta una posición de paloma monetaria cuando el inquilino de la Casa Blanca es un republicano, que busca tasas de interés reducidas para estimular el crecimiento económico. No obstante, Krugman reconoce que la Fed no funciona como una dictadura, ya que su presidente cuenta con un solo voto de los doce responsables de tomar la decisión sobre la tasa de interés de política monetaria.
La revista “The Economist” analizó, con un modelo de inteligencia artificial, cerca de 200 artículos, publicaciones y apariciones públicas de Warsh para identificar su orientación monetaria desde 2007 a 2025. El resultado muestra un posicionamiento de halcón, excepto cuando hubo graves peligros de recesión o de riesgo sistémico (la crisis financiera de 2007-2009, la crisis provocada por el covid-19 y la quiebra del Silicon Valley Bank). La revista destaca también que, desde el retorno de Trump en enero de 2025, el próximo presidente de la Reserva Federal ha mantenido un discurso favorable al recorte de la tasa de interés, lo que aumentó la probabilidad de ser seleccionado para el cargo.
Por su parte, Warsh sostiene que la incorporación de la inteligencia artificial en las diferentes actividades económicas elevará la productividad, lo que reducirá la inflación. En caso de que logre convencer al resto de los miembros de la Fed de ese aumento de eficiencia, es muy probable que a partir de junio de 2026 reinicie el recorte de las tasas de interés de referencia, de forma gradual, en ajustes de 25 puntos básicos. La combinación de mayor productividad, menor tasa de inflación y tasas de interés más bajas derivaría en una economía más fuerte.
La principal incógnita es si el nuevo gobernador de la Reserva Federal logrará convencer a Trump de que, en la coyuntura actual, no conviene reducir demasiado rápido la tasa de interés de referencia, pues hacerlo podría reavivar la inflación. Si consigue persuadirlo, se anticipa una gestión sin mayores sobresaltos y un fortalecimiento del dólar en la segunda mitad del año. En cambio, una cesión ante las presiones políticas podría desencadenar una crisis interna en la Fed que erosionaría la credibilidad de la institución.
En definitiva, la dirección de Kevin Warsh constituirá una prueba decisiva para la independencia y credibilidad de la Fed. El desenlace mostrará si el criterio técnico prevalece sobre la política o si, por el contrario, la mayor economía del mundo se adentra en una etapa de incertidumbre monetaria cuyos costos podrían ser muy elevados.