[Frente al Statu Quo. Publicado en Diario Libre el 30 de marzo de 2026.]
La evidencia empírica muestra que un choque de oferta negativo, como un encarecimiento abrupto del petróleo, puede derivar en una recesión o en una estanflación. La probabilidad de uno u otro desenlace depende, en gran medida, de la respuesta de la política monetaria. Por ello, en la coyuntura actual, los bancos centrales deben actuar con extrema cautela: un paso en falso podría amplificar el daño en lugar de contenerlo.
El aumento sostenido de los precios de los combustibles provocado por la guerra en Irán sitúa a los bancos centrales ante un escenario complejo: al mismo tiempo que se empuja la inflación al alza se deprime el producto interno bruto (PIB). Una flexibilización de la política monetaria serviría para amortiguar el impacto sobre el empleo y la producción, pero intensificaría las presiones inflacionarias. Por el contrario, un endurecimiento monetario ayudaría a contener los precios, aunque a costa de frenar la recuperación económica. Esa disyuntiva revela que la política óptima depende tanto de las condiciones iniciales de la economía como del estado de las expectativas de inflación.
Ben Bernanke, premio Nobel de Economía y expresidente de la Reserva Federal (Fed), sostiene que, si las expectativas de inflación están bien ancladas y el choque de oferta es transitorio, el banco central puede “mirar a través” de ese episodio y no mover las tasas de interés, ya que el repunte de los precios se corregirá por sí solo. Por otro lado, la experiencia de 1973 ofrece un ejemplo contundente de lo que ocurre cuando la política monetaria se gestiona mal, ya que una recesión derivó en una estanflación. La subordinación a objetivos políticos de corto plazo llevó a la Fed a aplicar una política monetaria demasiado laxa en un período en el que las expectativas de inflación perdían su anclaje, lo que desencadenó un proceso inflacionario persistente y costoso para los consumidores. La lección es clara: cuando las expectativas empiezan a subir, la política monetaria debe volverse más restrictiva para preservar el anclaje y evitar que la inflación se consolide.
Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), abordó ese dilema el pasado 25 de marzo en la conferencia “The ECB and its Watchers,” en la que expuso la respuesta de la institución ante el conflicto bélico en Oriente Medio. Lagarde remarcó que, en un entorno de elevada incertidumbre, el BCE evaluará la naturaleza, magnitud y persistencia del choque antes de tomar decisiones. Ese enfoque permite calibrar respuestas óptimas que van desde “mirar a través” de perturbaciones pequeñas y transitorias hasta actuar de manera contundente y restrictiva cuando la desviación respecto al objetivo del 2% sea amplia y duradera.
La máxima autoridad del BCE dejó claro que dicho organismo está dispuesto a incrementar, de forma ágil y sin demoras, la tasa de interés de referencia para evitar un aumento sostenido de la inflación. Subrayó que las empresas tienen mayor probabilidad de subir los precios en el momento en que la demanda es fuerte, mientras que los trabajadores suelen exigir aumentos salariales cuando la tasa de desocupación es baja, lo que eleva el riesgo de presiones inflacionarias de segunda vuelta. En tales circunstancias, resulta necesario incrementar la tasa de interés para moderar la demanda agregada y restar impulso a las variaciones de precios, antes de que estas deriven en una pérdida del anclaje de las expectativas de inflación.
Por su parte, Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, reconoció el 18 de marzo que la inflación en Estados Unidos sigue elevada y que, aun cuando la creación de empleo mostraba señales de debilitamiento, el Comité decidió mantener inalterada y en territorio neutral la tasa de interés de referencia. Advirtió que la guerra en Medio Oriente añade incertidumbre y que la Fed vigilará de cerca tanto los riesgos inflacionarios como los de desaceleración económica. Entre los indicadores clave destacan las expectativas de inflación, que han aumentado como reacción al encarecimiento de los combustibles. A diferencia de las proyecciones previas a la guerra, el mercado anticipa ahora que, en el mejor de los casos, la tasa de política monetaria permanecerá hasta octubre de 2027 dentro del rango que va del 3.5% al 3.75%.
En la República Dominicana, el Banco Central tiene que mantener también sin cambios su tasa de interés de referencia. Al mismo tiempo, debe comunicar con claridad que está dispuesto a adoptar una postura más restrictiva si fuera necesario para asegurar que las expectativas de inflación permanezcan firmemente ancladas.
Asimismo, conviene evitar el zigzagueo de la política monetaria que ha predominado desde mayo de 2023. Esa estrategia, inconsistente y alejada del esquema de metas de inflación, ha generado una mayor volatilidad en el tipo de cambio, en las tasas de interés y en los agregados monetarios. La inyección masiva de liquidez, mediante facilidades rápidas a tasas de interés subsidiadas, no ha logrado estimular de manera sostenida el crecimiento económico. Ello sugiere que muchos receptores de esos fondos los han utilizado para obtener beneficios con operaciones de arbitraje.
En la coyuntura actual, marcada por un choque de oferta negativo cuyo carácter -transitorio o persistente- aún se desconoce, recurrir de nuevo a liquidez no convencional podría aumentar la incertidumbre, elevar la inflación y debilitar el anclaje de las expectativas, abriendo espacio para presiones de segunda vuelta. En ese contexto, la política monetaria debe evitar cualquier señal que pueda interpretarse como acomodaticia ante la inflación o como un giro que genere dudas sobre la consistencia del marco de metas.
Lo razonable es actuar con extremo cuidado en el frente monetario y fortalecer la credibilidad del Banco Central a través de la implementación estricta del esquema de metas de inflación. La estabilidad de precios no se preserva con intervenciones improvisadas que contradicen el objetivo fundamental del régimen monetario, sino con decisiones predecibles y transparentes. Solo así la institución podrá desempeñar su papel esencial: servir de ancla de estabilidad en tiempos turbulentos, un referente de confianza para hogares y empresas, y no un factor adicional de riesgo que incremente la probabilidad de un deterioro macroeconómico. En momentos de incertidumbre global, la credibilidad del Banco Central es, más que nunca, un activo que debe protegerse con firmeza.